PANORAMA POLITICO AL CIERRE DEL 2009



En cuanto a la realidad mundial nos encontramos transitando hacia un nuevo ciclo, la larga onda de crecimiento del capitalismo que comenzó tras el final de la II Guerra Mundial está llegando a su fin, a la senilidad del sistema, con la combinación simultánea de crisis económica, medioambiental, de materias primas y energéticas, y la alimenticia a través de los bio combustibles. Un cambio de fase, es decir un cierre de la fase neoliberal que abre una nueva etapa histórica, un cambio en lo que se denomina Patrón de Acumulación Capitalista.
Estamos también en un cambio de período, o sea un cambio en lo político, en las correlaciones de fuerza entre los de “arriba” y los de “abajo” y al interior de cada uno de estos sectores. Desde los Estados Unidos hasta la Patagonia se ha provocado una polarización o ajustes tanto en los bloques dominantes como en el campo popular, en el sentido de que diversas tendencias y opciones que se habían mantenido contenidas, salen a disputar y ganar sus propios espacios.



                                                                                                  Marco internacional

                                                                                                 La elección de Obama en los EE.UU. es resultado directo de la crisis económica y el
                                                                                                 estancamiento y perspectiva de derrota en las guerras en Afganistán e Irak, que
                                                                                                 originan una pugna interna en el seno del imperio entre los sectores que lidera el
                                                                                                 nuevo presidente yanqui (ahora conduciendo la Casa Blanca y el Departamento de
                                                                                                 Estado) y los ultra conservadores republicanos (los “Halcones” en el Pentágono y el
                                                                                                 Complejo Militar Industrial), disputa que no es antagónica sino mas bien en relación
                                                                                                 con que táctica permite mantener el sistema ya sea a nivel interno o de la política
                                                                                                 exterior norteamericana, la cual oscila entre posturas que dan preeminencia a la "línea
                                                                                                 militar" y posturas mas “dialoguistas".


                                                                                                 En relación con la coyuntura latinoamericana, la presente crisis del capitalismo pone
                                                                                                 fin a una tendencia que desde fines de la década de los 80 combinaba la inserción en
                                                                                                 la denominada “globalización” (por medio del “consenso de Washington”), que abrió
                                                                                                 paso a los Tratados de Libre Comercio con EE.UU. y el consenso entorno a la
                                                                                                 “democratización” (gobiernos civiles electos) bajo una forma oligárquica o restringida.



Esta tendencia  tubo como eje la extinción de los proyectos nacionales de desarrollo y por tanto la liquidación en la práctica de las tesis o imaginarios sobre la presencia de una burguesía nacional en el subcontinente. Hoy no existe desarrollo nacional, lo que ha existido es un crecimiento precario derivado de una inserción en la lógica trasnacional de acumulación de capital. Los protagonistas ‘locales’ de este crecimiento han sido los políticos-empresarios trasnacionalizados y los tecnócratas privados y públicos.
Esta tendencia llegó a un momento de estancamiento o de inestabilidad estructural, que no solo tiene que ver con los vaivenes de la economía mundial, sino que principalmente con el desarrollo de una tendencia o corriente popular, progresista y anti imperialista en América Latina que ha protagonizado tanto alzamientos y rebeliones populares como procesos electorales victoriosos en muchos países que han llevado al gobierno a proyectos políticos que sin ser en rigor socialistas, levantan las banderas del desarrollo nacional como opción al neoliberalismo, el antiimperialismo y una mayor participación popular.
Tras un período de relativa tolerancia de sectores oligárquicos y del mismo imperialismo norteamericano con respecto de algunos gobiernos progresistas de la región, se evidencia un cambio en su conducta política: la gran burguesía que ha perdido espacios en varios países busca salir de su arrinconamiento político y el gobierno de Estados Unidos tiene interés de poner orden en su “patio trasero”.
En relación con lo anterior el golpe militar en Honduras es una señal a todo el continente del cambio de período que estamos viviendo en el mundo. Ante la crisis los capitalistas y sus lacayos organizan y preparan una ofensiva conservadora, que a través de medios de fuerza y violencia intentan e intentaran impedir que se produzcan los legítimos y necesarios cambios, que rompan con la lógica del capitalismo neoliberal en nuestra América Latina. La protección y la ampliación de los yanquis de sus bases militares en Honduras (base militar de Palmora) y la implementación en Colombia de siete nuevas bases militares, es parte de la estrategia de contención del despertar que está viviendo el protagonismo de las masas en la Patria Latinoamericana. 
Los ojos del imperialismo están puestos fundamentalmente en Venezuela, Bolivia, Ecuador y la insurgencia Colombiana, pero también prevé situaciones difíciles en el próximos años para sus intereses en Perú y en el resto del continente. Cualquier protagonismo de los pueblos es visto como una amenaza a sus intereses.




En lo Nacional
En Chile, el año 2009 se ha mostrado como un momento de inflexión de las contradicciones de la institucionalidad neoliberal. En lo económico, Chile ha recibido el impacto de la crisis internacional del capitalismo, viniéndose abajo varias cuentas alegres de los gobernantes. En lo social, lo anterior significo un golpe al sentido común neoliberal de amplias masas, creciendo por momentos franjas que dentro de cada sector social (trabajadores, pobladores y estudiantes) han asumido que el único camino es y será el de la organización y la lucha, aunque su debilidad y atomización no le permite ser una fuerza compacta y permanente.
Sabemos que no basta que la economía genere turbulencias y contradicciones sociales, las mismas no se resolverán a favor de los sectores populares a menos que estos actúen políticamente, como sujeto y motor de los cambios. Si esto no ocurre así, siempre será la clase dominante y sus organismos políticos los que logren reciclarse de la crisis y prolongar el sistema, aunque en ese proceso pueden desgastarse y dividirse como ocurre con la Concertación y sus diversos quiebres, de los cuales surgieron candidaturas como las de Zaldivar, Arrate, Navarro y Marco Enríquez Ominami.
Desde hace un tiempo que se está dando el retorno del “pueblo en lucha” como actor social, de manera desigual y enfrentando múltiples obstáculos provenientes de diversas fuentes, que vienen de la propia imposición del “neoliberalismo”; como el individualismo y la desideologización, el apoliticismo y la perdida de una conciencia de clase, hasta el chantaje económico del sistema, con las deudas, el temor al desempleo que va en aumento, la inseguridad, etc. Pero a medida que estas barreras han ido superándose al calor de la lucha por las demandas populares de los últimos años, también queda más claro el obstáculo político e ideológico que supone la “colusión” entre las conducciones reformistas de la izquierda, el Estado y los partidos de gobierno, que cohabitan en instancias como la CUT, cuya táctica es mediatizar o “dosificar” la lucha social para fines de presión electorales o  pactos entre la Concertación y el reformismo.
Al interior del bloque dominante se han precipitado durante el año 2008-2009 los efectos de la crisis: la disputa por conquistar o mantener las cuotas de poder en el aparato del Estado, y la necesidad de contener el auge de las luchas sociales que no sólo erosiona las bases de apoyo social del gobierno sino que también han puesto en aprietos al sistema, provocaron notorios cambios y decantaciones en los conglomerados políticos, exacerbados en el proceso eleccionario último. 

En este sentido, el 2009 expresó fríamente ese cambio de período en curso, que se refleja con nitidez en el cambio en la correlación de fuerzas, tanto en el conglomerado de gobierno como en el bloque en el poder en su conjunto. El nuevo periodo mostrará un rostro u otro de acuerdo a que fracción burguesa logre la hegemonía en el nuevo orden político y en la administración de Estado.

Con el desgaste del conglomerado gobernante, en su seno se produjeron notorios quiebres y aparición de nuevas opciones, (una tendencia a la ruptura de los viejos equilibrios de la llamada “transición democrática”, basados en el duopolio Concertación-Alianza y el alineamiento en torno del eje Sí-No del plebiscito de 1988), que son la manera en que las diversas fracciones buscan reformularse y aplicar sus tácticas para permitir la continuidad no solo de su presencia en La Moneda, sino también de los aspectos esenciales del capitalismo, para lo cual se mostraron críticos de los “excesos” neoliberales, con el objeto cautivar a las bases sociales desencantadas con la Concertación y canalizar el descontento por vías legales e institucionales, como lo hizo la candidatura de MEO.

En relación con la izquierda, la situación de crisis e inestabilidad del sistema en un comienzo presentó condiciones bien favorables no solo para instalar un discurso que pudiera ser recogido a nivel social a través de la protesta, sino también para iniciar la construcción de una alternativa o referente político-social consecuentemente popular y anticapitalista, aunque los resultados fueran otros. Estos últimos años se ha apreciado como las organizaciones dentro de la izquierda han puesto sus fichas de manera contundente en la opción de unificar sus luchas, pero hay que reconocer que tanto los sectores del campo revolucionario como las expresiones reformistas no lograron cuajar fuerzas a pesar del panorama de frustración que la crisis económica impuso en la población, cuestión que requerirá de un profundo análisis por parte de quienes objetivamente pretendan dar vuelco a la aplastante realidad que se vive tras la cortina electoralista y propagandista que compite con el extraño verano actual.
Queda como ejemplo lo que fue la liquidación como opción política del Juntos Podemos (PC, IC, PH) al sacrificar la construcción de una propuesta anti neoliberal autónoma e independiente a favor de una eventual obtención de uno o dos diputados producto del pacto con la Concertación.
En tanto el campo revolucionario, a pesar de estar frente a un escenario propicio para la unidad y la instalación de una propuesta que pudiera disputar espacios al reformismo, este empeño se entrampó al fracasar por ejemplo espacios de convergencia como fueron el Frente por el Rechazo y el Movimiento de los Pueblos y los Trabajadores, MPT. Estas instancias se estancan por un lado por los fuertes sectarismos y visiones de corto plazo de algunas organizaciones, como también, y es lo fundamental, por la carencia y ausencia de estos sectores en las conducciones de franjas concretas del pueblo que luchan por sus reivindicaciones y demandas sociales.
Ahora bien, no estamos acá generalizando ni renegando de la validez de este tipo de iniciativas en si mismas -de hecho la convergencia entre las organizaciones revolucionarias es parte esencial de nuestra estrategia del período- lo que ocurre es que muchas veces ha prevalecido una concepción nociva respecto a éstas que intenta que en lugar de ser la culminación de un proceso sean su origen; que en vez de herramientas para la reflexión, coordinación y solidaridad las convierte en fines, en prematuras estructuras sin conducción u objetivos coherentes ni una armónica y transparente relación entre  la representación social y partidaria, que reproduce las viejas prácticas de las “fachadas”, utilizadas como caja de resonancia y defensa de los discursos o líneas de cada organización, como manera de sublimar o compensar la falta de una base o soporte social (su principal debilidad), o incluso como "vitrina" o tribuna para seudo representantes.

Asimismo, en estos espacios se puede apreciar cómo reproducimos los mismos vicios que se critican al reformismo, es decir caer en una forma de hacer política cupular o aparatista, que asume la representatividad de un movimiento social que está más bien en los papeles que en la realidad, o bien en un sector o territorio muy específico, el cual se extrapola a escala nacional.
En síntesis, este cambio de período también ha expuesto las limitaciones políticas de la izquierda revolucionaria, incluyéndonos a nosotros, que aún no hemos sido capaces de levantarnos en forma efectiva como protagonistas o alternativa de organización a escala nacional para la lucha por las demandas populares en cada sector social, lugares donde todavía debemos enfrentar problemas o deformaciones como la grandilocuencia, la autoreferencialidad, la confusión entre las necesidades, medios y ritmos de la construcción de base y la agitación contingente, la relación entre lo local y lo central a la hora de aplicar la línea política general, etc.
Tanto la Derecha como la Concertación y el Reformismo están a la ofensiva, intentando un mejor lugar en el tablero político oficial de la sociedad, buscando que el pueblo sea mero “recipiente” de sus políticas e intereses. En esta disputa los revolucionarios no debemos ceder mas terreno, es necesario superar nuestras limitaciones orgánicas, nuestras carencias políticas y de inserción real en todo el territorio y en cada sector social.

Camino a nuestro II Congreso

El Segundo Congreso del FPMR no dará respuesta automática a los inmensos desafíos que representa nuestro Proyecto Político en su conjunto, pero sí nos puede entregar mejores guías o herramientas tanto adentro como hacia fuera de la organización, para seguir levantando una política y una organización revolucionaria de carácter nacional y continental.

Esto tiene que ver por un lado con la formación y la autoformación política, ideológica y técnica, y por otro, esta construcción revolucionaria necesita de cuadros y militantes cada vez más acerados y profesionales, así como dirigentes insertos en movimientos de masas, conductores o dirigentes de procesos de luchas sociales que sitúen a las masas en la confrontación política con el sistema. Por ello en este período los rodriguistas debemos crecer y funcionar de tal modo que seamos capaces de ser un referente y un espacio depositario de las luchas sociales, que dispone de un Proyecto Patriótico que porta la esperanza en las soluciones de las necesidades de los sectores afligidos por la crisis y los efectos del modelo económico

Estos objetivos no se logran espontáneamente ni milagrosamente, es producto de una visión global y metodológica del quehacer revolucionario, que entiende el trabajo político como una expresión amplia y convergente, sin restricciones de medios e instrumentos que interactúan y ordenan la estrategia en la contingencia y coyuntura. Es el pensamiento rodriguista que busca construir la fuerza social y material conductora de la revolución.

Los próximos años nos exigirán un mayor desarrollo de todas nuestras políticas tanto las más públicas y abiertas, como de las más cerradas e internas. De esta manera tendremos que ser mejores hombres y mujeres, mejores militantes y dirigentes, mejores combatientes y luchadores, mejores cuadros integrales con una Moral Revolucionaria a toda prueba.